¿Por qué nos cuesta tanto hacer planes en solitario? La psicología detrás del «qué pensarán»

¿Por qué nos cuesta tanto hacer planes en solitario? Esto es lo que dice la psicología.

Hay una situación que siempre me ha parecido bastante curiosa: podemos tener muchísimas ganas de hacer algo, disponer de tiempo, tener dinero suficiente y no encontrar ningún impedimento real para hacerlo, pero basta con que nadie pueda acompañarnos para que empecemos a plantearnos si merece la pena. Y no hablo necesariamente de grandes aventuras, como recorrer un país desconocido, sino de cosas tan cotidianas como ir al cine, visitar un museo o sentarnos a comer en un restaurante.

Imagina que llevan semanas anunciando una película que te apetece muchísimo ver. Por fin encuentras un hueco libre, consultas los horarios y descubres que puedes ir esa misma tarde. Hasta ahí, todo perfecto. Sin embargo, cuando compruebas que ninguno de tus amigos está disponible, empiezan las dudas. ¿Voy yo solo? ¿No resultará un poco extraño? ¿Qué pensarán los demás cuando me vean allí sin compañía?

Lo irónico del asunto es que, una vez que empiece la película, vas a pasar aproximadamente dos horas sentado a oscuras, mirando una pantalla y sin hablar con nadie, independientemente de que hayas acudido acompañado o no. Pero parece que esos diez minutos previos, en los que tenemos que entrar en la sala y encontrar nuestra butaca, pueden llegar a tener más peso en nuestra decisión que la propia película.

Siempre me ha interesado comprender por qué nos comportamos así, y la psicología ofrece algunas explicaciones fascinantes. Porque, aunque a menudo decimos que no nos gusta hacer cosas solos, sospecho que en bastantes ocasiones el problema no está tanto en disfrutar de nuestra propia compañía como en lo que imaginamos que los demás pueden pensar de nosotros.

¿Nos incomoda estar solos o que los demás nos vean solos?

Si nos fijamos en cómo solemos organizar nuestro tiempo libre, descubriremos que muchas actividades llevan implícita la expectativa de realizarlas en compañía. Salimos a cenar con amigos, hacemos escapadas en pareja, acudimos a conciertos en grupo y, cuando alguien nos cuenta que ha pasado sus vacaciones viajando solo, no es raro que nuestra primera reacción sea preguntarle por qué no fue con nadie.

No tengo nada en contra de compartir experiencias, naturalmente. Algunas de las mejores cosas que podemos vivir ganan muchísimo cuando las disfrutamos con otras personas, especialmente si nos apetece comentar lo que estamos viendo, reírnos juntos o recordar después lo ocurrido. Lo que me parece discutible es que hayamos terminado convirtiendo la compañía en una especie de requisito para determinadas actividades, como si una persona que está sola en una mesa de restaurante necesitara justificar su presencia allí.

Mujer de cabello oscuro sentada sola en una sala de cine, con palomitas y expresión de inseguridad, mientras otros espectadores ocupan las filas posteriores.
El mayor obstáculo para disfrutar de una película no está en la pantalla, sino en nuestra preocupación por lo que pensarán los demás al vernos sin compañía.

Y esta sensación no es simplemente una impresión personal. Este tema ha sido estudiado por psicólogos en numerosas ocasiones. En 2015, las investigadoras Rebecca Ratner y Rebecca Hamilton publicaron un estudio sobre nuestra resistencia a realizar actividades placenteras en público cuando no tenemos acompañante. Sus resultados mostraron que una parte importante de esa resistencia podía explicarse por la preocupación acerca de cómo interpretarían los demás nuestra situación.

Dicho de manera más sencilla: podemos renunciar a una actividad que nos interesa porque tememos que otras personas piensen que no tenemos amigos o que nadie ha querido venir con nosotros.

A mí me resulta especialmente interesante que, en estos casos, no estamos valorando solamente lo que vamos a hacer, sino también la imagen que creemos estar proyectando. Y eso puede llevarnos a una paradoja bastante absurda: preferimos perdernos algo que nos apetece antes que arriesgarnos a que un desconocido saque una conclusión equivocada sobre nuestra vida social.

Por eso, cuando alguien me dice que le gustaría empezar a hacer planes en solitario pero que le da vergüenza, creo que merece la pena preguntarse qué es exactamente lo que le avergüenza. Porque no es lo mismo echar de menos una conversación durante la cena que sentir que debemos llevar a alguien sentado enfrente para demostrar que tenemos vida social.

El efecto foco: cuando creemos que somos mucho más interesantes para los demás de lo que realmente somos

Existe un fenómeno psicológico que siempre me ha resultado especialmente revelador: el llamado efecto foco, o spotlight effect. Básicamente, consiste en que solemos sobreestimar la atención que otras personas prestan a nuestro aspecto, nuestras acciones o nuestros pequeños errores.

Thomas Gilovich y sus colaboradores estudiaron este fenómeno en una serie de experimentos publicados en el año 2000. Sus resultados mostraron que tendemos a creer que los demás se fijan mucho más en determinados detalles de nosotros de lo que realmente hacen.

Y tiene bastante lógica. Cada uno de nosotros es el protagonista de su propia experiencia, así que somos perfectamente conscientes de lo que hacemos, de cómo vamos vestidos, de si hemos llegado solos o acompañados y de cualquier detalle que nos produzca inseguridad. El problema es que, sin darnos cuenta, trasladamos esa misma atención a las personas que nos rodean, como si también estuvieran pendientes de nosotros.

El «efecto foco» nos lleva a creer que los demás están mucho más pendientes de nosotros de lo que realmente están.
El «efecto foco» nos lleva a creer que los demás están mucho más pendientes de nosotros de lo que realmente están.

Imagina que entras solo en una cafetería bastante concurrida y buscas una mesa. Quizá tengas la sensación de que todo el mundo se ha dado cuenta de que no vienes acompañado, especialmente si todavía no estás acostumbrado a hacerlo. Pero mientras tú estás preocupado por esa posibilidad, lo más probable es que los demás estén pensando en sus propios asuntos, manteniendo conversaciones o mirando el móvil.

Por supuesto, no pretendo decir que nadie se fije jamás en nosotros ni que todos los desconocidos estén libres de prejuicios. Seguramente habrá quien se pregunte por qué estamos solos, del mismo modo que nosotros podemos reparar en cualquier otro detalle de las personas que tenemos cerca. Lo importante es comprender que la atención que imaginamos estar recibiendo no siempre se corresponde con la que realmente recibimos.

Personalmente, me parece una idea bastante liberadora. Cuando comprendemos que no somos el centro del universo de quienes nos rodean, muchas situaciones que antes nos resultaban incómodas empiezan a perder parte de su importancia.

Y, si alguien decide pensar que estamos solos porque no tenemos amigos, tampoco veo por qué deberíamos concederle tanta autoridad sobre cómo organizamos nuestro tiempo.

Nuestra imaginación puede arruinarnos un plan antes de que empiece

Hay otra cuestión que me interesa mucho desde el punto de vista psicológico: nuestra capacidad para imaginar el futuro y anticipar cómo nos vamos a sentir. Gracias a ella podemos preparar un viaje, valorar las consecuencias de una decisión o evitar situaciones que podrían resultar peligrosas. Es una capacidad extraordinariamente útil, pero también tiene sus limitaciones, porque imaginar una experiencia no equivale necesariamente a vivirla.

En psicología existe una línea de investigación dedicada a la predicción afectiva, es decir, a cómo anticipamos nuestras emociones futuras. Los estudios muestran que, aunque podemos acertar en muchos aspectos, también cometemos errores al estimar la intensidad o duración de lo que vamos a sentir.

Esto tiene una relación muy directa con los planes en solitario, porque es bastante fácil imaginar que estaremos incómodos en un restaurante, que nos aburriremos durante una excursión o que nos sentiremos fuera de lugar si asistimos solos a un taller. Y lo curioso es que, cuando hacemos estas predicciones, solemos tratarlas como si fueran información fiable sobre algo que todavía no ha ocurrido.

Hombre de mediana edad con expresión insegura, detenido en la entrada de un taller mientras observa a varias personas que participan en una actividad en grupo.
No dejes pasar oportunidades que quizá te van a traer algo bueno.

Está demostrado que la gran mayoría de las situaciones catastrofistas que nos imaginamos a diario, nunca llegan a suceder. Nuestro cerebro está programado para centrarse en todos los posibles peligros que pueden ocurrir, ¡no le dejes pensar tanto!

Mi recomendación es que no descartes automáticamente una experiencia solo porque tu imaginación haya elaborado una versión poco agradable de ella. A veces las cosas salen peor de lo esperado, desde luego, pero otras muchas nos sorprenden precisamente porque no habíamos sido capaces de anticipar lo bien que podíamos pasarlo.

Y hay algo que considero fundamental: si nunca llegamos a probar una actividad, tampoco tendremos la oportunidad de comprobar si nuestras expectativas eran acertadas.

El problema de evitar lo que nos incomoda

Imagina ahora que llevas un tiempo pensando en apuntarte a una excursión organizada. Te apetece conocer el lugar, hacer ejercicio y pasar una mañana diferente, pero no conoces a nadie del grupo y la idea de presentarte allí sin compañía te pone nervioso. Pero llega el momento de reservar y decides dejarlo para otra ocasión. Inmediatamente notas cierto alivio, porque ya no tienes que enfrentarte a esa situación que te producía inseguridad.

Desde el punto de vista psicológico, ese alivio tiene una explicación bastante interesante. Cuando evitamos algo que nos genera malestar y, como consecuencia, ese malestar disminuye, la propia evitación puede verse reforzada. Dicho de otra manera, nuestro cerebro aprende que no acudir a la excursión es una manera eficaz de dejar de estar nerviosos.

El inconveniente es que ese aprendizaje puede terminar condicionando nuestras decisiones futuras. Cada vez que aparezca una actividad parecida, resultará más tentador evitarla, porque ya conocemos una forma rápida de sentirnos mejor.

Esto no significa que debamos obligarnos a hacer cualquier cosa que nos incomode, ni mucho menos. Todos tenemos derecho a cambiar de opinión, cancelar un plan o decidir que preferimos quedarnos tranquilamente en casa. De hecho, creo que aprender a disfrutar del tiempo propio también implica dejar de sentirnos obligados a aprovechar cada minuto. Lo que sí te recomendaría es que, cuando renuncies a algo que realmente te apetecía, intentes distinguir entre dos motivos muy diferentes: no querer hacerlo y tener miedo de hacerlo.

En el primer caso estás tomando una decisión conforme a tus preferencias. En el segundo, existe la posibilidad de que estés permitiendo que la incomodidad decida por ti. Y esa diferencia me parece bastante importante.

Estar a solas no es lo mismo que sentirse solo

Hasta ahora he hablado principalmente de situaciones en las que nos preocupa la opinión de los demás, pero también existe otra dificultad que no deberíamos pasar por alto: hay personas que se sienten incómodas cuando pasan tiempo sin compañía, incluso aunque nadie pueda verlas.

En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a mantenernos ocupados, conversar, consultar el teléfono o recibir estímulos casi constantemente. Cuando todo eso desaparece, puede que nos encontremos con pensamientos, preocupaciones o emociones a los que normalmente prestamos poca atención.

Sin embargo, aquí conviene introducir una distinción que considero esencial para comprender la filosofía de ensolitario: estar a solas y sentirse solo son experiencias diferentes.

La soledad no deseada tiene que ver con la percepción de nuestras relaciones sociales y con la diferencia entre las conexiones que tenemos y las que nos gustaría tener. En cambio, pasar tiempo a solas describe una circunstancia que puede ser voluntaria o involuntaria, agradable o desagradable.

Dos personas pueden estar sentadas solas en la misma cafetería y experimentar emociones completamente diferentes. Una quizá esté sufriendo porque desearía tener a alguien con quien compartir ese momento, mientras que la otra puede estar disfrutando de una pausa tranquila después de una semana agotadora. Y ninguna de las dos experiencias debería juzgarse únicamente por lo que vemos desde fuera.

Pasar tiempo a solas también es cuidarse

En 2018, Thuy-vy Nguyen, Richard Ryan y Edward Deci publicaron una investigación sobre el tiempo que pasamos a solas y su relación con la regulación emocional. Entre sus resultados encontraron que estos periodos podían reducir la activación emocional y que la motivación para estar a solas desempeñaba un papel importante en cómo se vivían.

No interpreto esto como una demostración de que debamos pasar más tiempo sin compañía para sentirnos mejor. Me parece mucho más interesante otra conclusión: nuestra experiencia depende, en parte, de si estamos viviendo una situación que hemos elegido o una que sentimos impuesta.

Mujer adulta relajándose con los ojos cerrados en una piscina de spa, rodeada de velas y una iluminación cálida.
A veces, dedicar un rato exclusivamente a nuestro bienestar es motivo suficiente para disfrutar de una experiencia.

Por eso nunca me ha gustado plantear las actividades en solitario como una alternativa para quienes no tienen con quién salir. Prefiero entenderlas como una posibilidad más, disponible para cualquier persona, tenga muchos amigos, pocos, pareja o una vida social tremendamente activa.

No necesitamos estar aislados para querer disfrutar de nuestra propia compañía de vez en cuando.

Cómo empezar a hacer planes en solitario sin convertirlo en una obligación

Después de todo lo anterior, quizá te estés preguntando qué puedes hacer si te reconoces en algunas de estas situaciones. Y aquí me gustaría evitar el típico discurso que nos anima a salir de nuestra zona de confort como si estuviéramos obligados a superar una prueba de valentía cada vez que queremos tomarnos un café.

No creo que se trate de demostrar nada, ni a los demás ni a nosotros mismos. Lo que me parece interesante es ampliar nuestra libertad para decidir qué hacemos con nuestro tiempo.

Por eso, mi primera recomendación es que empieces por una actividad que realmente te apetezca, no por una que supuestamente deberías ser capaz de hacer. Si tienes muchas ganas de ver una película, ese puede ser un buen comienzo. Si lo que te interesa es visitar una exposición, estupendo. Y si prefieres salir a pasear por un entorno natural, también puede ser una buena opción, siempre que elijas una ruta adecuada a tu preparación y tomes las precauciones necesarias.

También te recomendaría que ajustes la dificultad a tu situación particular. Si sentarte solo a cenar en un restaurante concurrido te produce mucha incomodidad, no necesitas comenzar precisamente por ahí. Quizá prefieras visitar una cafetería tranquila, entrar en una librería o pasar una mañana explorando un museo a tu ritmo. No existe ninguna obligación de empezar por aquello que más nos cuesta.

Realmente no es tan difícil como crees

Otra propuesta que me parece especialmente útil es comparar nuestras expectativas con la experiencia real. Antes de salir, puedes preguntarte qué crees que va a ocurrir: si todo el mundo te mirará, si te aburrirás enseguida o si te sentirás incómodo durante toda la actividad. Cuando regreses, dedica un momento a comprobar cuánto de lo que habías imaginado ocurrió realmente.

No hace falta llevar un diario ni convertir cada salida en un experimento psicológico, aunque reconozco que la idea de observar nuestras propias predicciones y contrastarlas con la realidad me resulta bastante atractiva.

También quiero insistir en algo: hacer un plan en solitario no significa tener que permanecer solo durante toda la experiencia. Puedes inscribirte por tu cuenta en un taller de cocina, una excursión organizada o una actividad cultural y terminar conversando con personas a las que no conocías. De hecho, acudir sin acompañante puede facilitar que prestemos atención a otras personas y nos animemos a interactuar con ellas, aunque eso dependerá mucho de la situación y de nuestro carácter.

Hombre joven de cabello rizado de colores conversando alegremente con otros participantes mientras pinta un cuadro en un taller artístico.
Apuntarnos solos a una actividad no significa que tengamos que disfrutarla sin relacionarnos con nadie.

Y si después de probar una actividad descubres que prefieres realizarla acompañado, no pasa absolutamente nada. Habrás aprendido algo sobre tus preferencias, que también forma parte de conocernos mejor.

Por supuesto, si la ansiedad que experimentas es intensa, persistente o está limitando de manera importante tu vida cotidiana, no reduciría el problema a una simple cuestión de atreverse. En esos casos puede resultar conveniente buscar ayuda psicológica profesional, especialmente si existe un miedo significativo a la evaluación social o experiencias previas que dificultan determinadas situaciones.

La verdadera libertad consiste en poder elegir

Hay algo que no quisiera que se interpretara mal: mi intención con ensolitario no es convencerte de que hacer las cosas sin compañía es mejor que compartirlas. A mí me parece mucho más valioso que podamos decidir libremente qué experiencias queremos compartir y cuáles preferimos disfrutar a nuestro ritmo, sin que las expectativas sociales, la vergüenza o el temor a lo que piensen los demás sean siempre quienes tomen la decisión.

Quizá te encante viajar acompañado, pero descubras que visitar museos por tu cuenta te permite detenerte durante media hora frente a un cuadro sin preocuparte por si alguien se está aburriendo. Tal vez prefieras ir a los conciertos con amigos, aunque disfrutes enormemente de una tarde de cine a solas. O puede que lo tuyo sea apuntarte a actividades en las que no conoces a nadie y terminar ampliando tu círculo social.

No veo ninguna contradicción en todo eso. Al contrario, creo que disponer de más alternativas enriquece nuestra manera de vivir. Por eso, la próxima vez que encuentres un plan que te apetezca y nadie pueda acompañarte, te propongo que te hagas una pregunta antes de descartarlo: ¿de verdad no quiero hacerlo o simplemente me incomoda la idea de hacerlo sin compañía?

Si la respuesta es lo segundo, quizá merezca la pena concederte la oportunidad de probar. No porque tengas que demostrar que eres una persona independiente, ni porque la experiencia vaya a resultar necesariamente extraordinaria, sino porque me parece una lástima que una película, una excursión, una buena comida o cualquier otra actividad que nos ilusione termine dependiendo siempre de la disponibilidad de los demás.

Recuerda que SIEMPRE tu tiempo es tuyo, y se gasta. No dejes de hacer lo que te apetece. JAMÁS.

Para profundizar: la psicología de hacer planes en solitario

Si te interesa profundizar en los fenómenos psicológicos de los que he hablado, estas son algunas investigaciones que me han servido de referencia, y que me parecen interesantes:

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