Hay una situación que siempre me ha parecido bastante curiosa: podemos tener muchísimas ganas de hacer algo, disponer de tiempo, tener dinero suficiente y no encontrar ningún impedimento real para hacerlo, pero basta con que nadie pueda acompañarnos para que empecemos a plantearnos si merece la pena. Y no hablo necesariamente de grandes aventuras, como recorrer un país desconocido, sino de cosas tan cotidianas como ir al cine, visitar un museo o sentarnos a comer en un restaurante.

Imagina que llevan semanas anunciando una película que te apetece muchísimo ver. Por fin encuentras un hueco libre, consultas los horarios y descubres que puedes ir esa misma tarde. Hasta ahí, todo perfecto. Sin embargo, cuando compruebas que ninguno de tus amigos está disponible, empiezan las dudas. ¿Voy yo solo? ¿No resultará un poco extraño? ¿Qué pensarán los demás cuando me vean allí sin compañía?

Lo irónico del asunto es que, una vez que empiece la película, vas a pasar aproximadamente dos horas sentado a oscuras, mirando una pantalla y sin hablar con nadie, independientemente de que hayas acudido acompañado o no. Pero parece que esos diez minutos previos, en los que tenemos que entrar en la sala y encontrar nuestra butaca, pueden llegar a tener más peso en nuestra decisión que la propia película.

Siempre me ha interesado comprender por qué nos comportamos así, y la psicología ofrece algunas explicaciones fascinantes. Porque, aunque a menudo decimos que no nos gusta hacer cosas solos, sospecho que en bastantes ocasiones el problema no está tanto en disfrutar de nuestra propia compañía como en lo que imaginamos que los demás pueden pensar de nosotros.

¿Nos incomoda estar solos o que los demás nos vean solos?

Si nos fijamos en cómo solemos organizar nuestro tiempo libre, descubriremos que muchas actividades llevan implícita la expectativa de realizarlas en compañía. Salimos a cenar con amigos, hacemos escapadas en pareja, acudimos a conciertos en grupo y, cuando alguien nos cuenta que ha pasado sus vacaciones viajando solo, no es raro que nuestra primera reacción sea preguntarle por qué no fue con nadie.

No tengo nada en contra de compartir experiencias, naturalmente. Algunas de las mejores cosas que podemos vivir ganan muchísimo cuando las disfrutamos con otras personas, especialmente si nos apetece comentar lo que estamos viendo, reírnos juntos o recordar después lo ocurrido. Lo que me parece discutible es que hayamos terminado convirtiendo la compañía en una especie de requisito para determinadas actividades, como si una persona que está sola en una mesa de restaurante necesitara justificar su presencia allí.

Mujer de cabello oscuro sentada sola en una sala de cine, con palomitas y expresión de inseguridad, mientras otros espectadores ocupan las filas posteriores.
El mayor obstáculo para disfrutar de una película no está en la pantalla, sino en nuestra preocupación por lo que pensarán los demás al vernos sin compañía.

Y esta sensación no es simplemente una impresión personal. Este tema ha sido estudiado por psicólogos en numerosas ocasiones. En 2015, las investigadoras Rebecca Ratner y Rebecca Hamilton publicaron un estudio sobre nuestra resistencia a realizar actividades placenteras en público cuando no tenemos acompañante. Sus resultados mostraron que una parte importante de esa resistencia podía explicarse por la preocupación acerca de cómo interpretarían los demás nuestra situación.

Dicho de manera más sencilla: podemos renunciar a una actividad que nos interesa porque tememos que otras personas piensen que no tenemos amigos o que nadie ha querido venir con nosotros.

A mí me resulta especialmente interesante que, en estos casos, no estamos valorando solamente lo que vamos a hacer, sino también la imagen que creemos estar proyectando. Y eso puede llevarnos a una paradoja bastante absurda: preferimos perdernos algo que nos apetece antes que arriesgarnos a que un desconocido saque una conclusión equivocada sobre nuestra vida social.

Por eso, cuando alguien me dice que le gustaría empezar a hacer planes en solitario pero que le da vergüenza, creo que merece la pena preguntarse qué es exactamente lo que le avergüenza. Porque no es lo mismo echar de menos una conversación durante la cena que sentir que debemos llevar a alguien sentado enfrente para demostrar que tenemos vida social.

El efecto foco: cuando creemos que somos mucho más interesantes para los demás de lo que realmente somos

Existe un fenómeno psicológico que siempre me ha resultado especialmente revelador: el llamado efecto foco, o spotlight effect. Básicamente, consiste en que solemos sobreestimar la atención que otras personas prestan a nuestro aspecto, nuestras acciones o nuestros pequeños errores.

Thomas Gilovich y sus colaboradores estudiaron este fenómeno en una serie de experimentos publicados en el año 2000. Sus resultados mostraron que tendemos a creer que los demás se fijan mucho más en determinados detalles de nosotros de lo que realmente hacen.

Y tiene bastante lógica. Cada uno de nosotros es el protagonista de su propia experiencia, así que somos perfectamente conscientes de lo que hacemos, de cómo vamos vestidos, de si hemos llegado solos o acompañados y de cualquier detalle que nos produzca inseguridad. El problema es que, sin darnos cuenta, trasladamos esa misma atención a las personas que nos rodean, como si también estuvieran pendientes de nosotros.

El «efecto foco» nos lleva a creer que los demás están mucho más pendientes de nosotros de lo que realmente están.
El «efecto foco» nos lleva a creer que los demás están mucho más pendientes de nosotros de lo que realmente están.

Imagina que entras solo en una cafetería bastante concurrida y buscas una mesa. Quizá tengas la sensación de que todo el mundo se ha dado cuenta de que no vienes acompañado, especialmente si todavía no estás acostumbrado a hacerlo. Pero mientras tú estás preocupado por esa posibilidad, lo más probable es que los demás estén pensando en sus propios asuntos, manteniendo conversaciones o mirando el móvil.

Por supuesto, no pretendo decir que nadie se fije jamás en nosotros ni que todos los desconocidos estén libres de prejuicios. Seguramente habrá quien se pregunte por qué estamos solos, del mismo modo que nosotros podemos reparar en cualquier otro detalle de las personas que tenemos cerca. Lo importante es comprender que la atención que imaginamos estar recibiendo no siempre se corresponde con la que realmente recibimos.

Personalmente, me parece una idea bastante liberadora. Cuando comprendemos que no somos el centro del universo de quienes nos rodean, muchas situaciones que antes nos resultaban incómodas empiezan a perder parte de su importancia.

Y, si alguien decide pensar que estamos solos porque no tenemos amigos, tampoco veo por qué deberíamos concederle tanta autoridad sobre cómo organizamos nuestro tiempo.

Nuestra imaginación puede arruinarnos un plan antes de que empiece

Hay otra cuestión que me interesa mucho desde el punto de vista psicológico: nuestra capacidad para imaginar el futuro y anticipar cómo nos vamos a sentir. Gracias a ella podemos preparar un viaje, valorar las consecuencias de una decisión o evitar situaciones que podrían resultar peligrosas. Es una capacidad extraordinariamente útil, pero también tiene sus limitaciones, porque imaginar una experiencia no equivale necesariamente a vivirla.

En psicología existe una línea de investigación dedicada a la predicción afectiva, es decir, a cómo anticipamos nuestras emociones futuras. Los estudios muestran que, aunque podemos acertar en muchos aspectos, también cometemos errores al estimar la intensidad o duración de lo que vamos a sentir.

Esto tiene una relación muy directa con los planes en solitario, porque es bastante fácil imaginar que estaremos incómodos en un restaurante, que nos aburriremos durante una excursión o que nos sentiremos fuera de lugar si asistimos solos a un taller. Y lo curioso es que, cuando hacemos estas predicciones, solemos tratarlas como si fueran información fiable sobre algo que todavía no ha ocurrido.

Hombre de mediana edad con expresión insegura, detenido en la entrada de un taller mientras observa a varias personas que participan en una actividad en grupo.
No dejes pasar oportunidades que quizá te van a traer algo bueno.

Está demostrado que la gran mayoría de las situaciones catastrofistas que nos imaginamos a diario, nunca llegan a suceder. Nuestro cerebro está programado para centrarse en todos los posibles peligros que pueden ocurrir, ¡no le dejes pensar tanto!

Mi recomendación es que no descartes automáticamente una experiencia solo porque tu imaginación haya elaborado una versión poco agradable de ella. A veces las cosas salen peor de lo esperado, desde luego, pero otras muchas nos sorprenden precisamente porque no habíamos sido capaces de anticipar lo bien que podíamos pasarlo.

Y hay algo que considero fundamental: si nunca llegamos a probar una actividad, tampoco tendremos la oportunidad de comprobar si nuestras expectativas eran acertadas.

El problema de evitar lo que nos incomoda

Imagina ahora que llevas un tiempo pensando en apuntarte a una excursión organizada. Te apetece conocer el lugar, hacer ejercicio y pasar una mañana diferente, pero no conoces a nadie del grupo y la idea de presentarte allí sin compañía te pone nervioso. Pero llega el momento de reservar y decides dejarlo para otra ocasión. Inmediatamente notas cierto alivio, porque ya no tienes que enfrentarte a esa situación que te producía inseguridad.

Desde el punto de vista psicológico, ese alivio tiene una explicación bastante interesante. Cuando evitamos algo que nos genera malestar y, como consecuencia, ese malestar disminuye, la propia evitación puede verse reforzada. Dicho de otra manera, nuestro cerebro aprende que no acudir a la excursión es una manera eficaz de dejar de estar nerviosos.

El inconveniente es que ese aprendizaje puede terminar condicionando nuestras decisiones futuras. Cada vez que aparezca una actividad parecida, resultará más tentador evitarla, porque ya conocemos una forma rápida de sentirnos mejor.

Esto no significa que debamos obligarnos a hacer cualquier cosa que nos incomode, ni mucho menos. Todos tenemos derecho a cambiar de opinión, cancelar un plan o decidir que preferimos quedarnos tranquilamente en casa. De hecho, creo que aprender a disfrutar del tiempo propio también implica dejar de sentirnos obligados a aprovechar cada minuto. Lo que sí te recomendaría es que, cuando renuncies a algo que realmente te apetecía, intentes distinguir entre dos motivos muy diferentes: no querer hacerlo y tener miedo de hacerlo.

En el primer caso estás tomando una decisión conforme a tus preferencias. En el segundo, existe la posibilidad de que estés permitiendo que la incomodidad decida por ti. Y esa diferencia me parece bastante importante.

Estar a solas no es lo mismo que sentirse solo

Hasta ahora he hablado principalmente de situaciones en las que nos preocupa la opinión de los demás, pero también existe otra dificultad que no deberíamos pasar por alto: hay personas que se sienten incómodas cuando pasan tiempo sin compañía, incluso aunque nadie pueda verlas.

En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a mantenernos ocupados, conversar, consultar el teléfono o recibir estímulos casi constantemente. Cuando todo eso desaparece, puede que nos encontremos con pensamientos, preocupaciones o emociones a los que normalmente prestamos poca atención.

Sin embargo, aquí conviene introducir una distinción que considero esencial para comprender la filosofía de ensolitario: estar a solas y sentirse solo son experiencias diferentes.

La soledad no deseada tiene que ver con la percepción de nuestras relaciones sociales y con la diferencia entre las conexiones que tenemos y las que nos gustaría tener. En cambio, pasar tiempo a solas describe una circunstancia que puede ser voluntaria o involuntaria, agradable o desagradable.

Dos personas pueden estar sentadas solas en la misma cafetería y experimentar emociones completamente diferentes. Una quizá esté sufriendo porque desearía tener a alguien con quien compartir ese momento, mientras que la otra puede estar disfrutando de una pausa tranquila después de una semana agotadora. Y ninguna de las dos experiencias debería juzgarse únicamente por lo que vemos desde fuera.

Pasar tiempo a solas también es cuidarse

En 2018, Thuy-vy Nguyen, Richard Ryan y Edward Deci publicaron una investigación sobre el tiempo que pasamos a solas y su relación con la regulación emocional. Entre sus resultados encontraron que estos periodos podían reducir la activación emocional y que la motivación para estar a solas desempeñaba un papel importante en cómo se vivían.

No interpreto esto como una demostración de que debamos pasar más tiempo sin compañía para sentirnos mejor. Me parece mucho más interesante otra conclusión: nuestra experiencia depende, en parte, de si estamos viviendo una situación que hemos elegido o una que sentimos impuesta.

Mujer adulta relajándose con los ojos cerrados en una piscina de spa, rodeada de velas y una iluminación cálida.
A veces, dedicar un rato exclusivamente a nuestro bienestar es motivo suficiente para disfrutar de una experiencia.

Por eso nunca me ha gustado plantear las actividades en solitario como una alternativa para quienes no tienen con quién salir. Prefiero entenderlas como una posibilidad más, disponible para cualquier persona, tenga muchos amigos, pocos, pareja o una vida social tremendamente activa.

No necesitamos estar aislados para querer disfrutar de nuestra propia compañía de vez en cuando.

Cómo empezar a hacer planes en solitario sin convertirlo en una obligación

Después de todo lo anterior, quizá te estés preguntando qué puedes hacer si te reconoces en algunas de estas situaciones. Y aquí me gustaría evitar el típico discurso que nos anima a salir de nuestra zona de confort como si estuviéramos obligados a superar una prueba de valentía cada vez que queremos tomarnos un café.

No creo que se trate de demostrar nada, ni a los demás ni a nosotros mismos. Lo que me parece interesante es ampliar nuestra libertad para decidir qué hacemos con nuestro tiempo.

Por eso, mi primera recomendación es que empieces por una actividad que realmente te apetezca, no por una que supuestamente deberías ser capaz de hacer. Si tienes muchas ganas de ver una película, ese puede ser un buen comienzo. Si lo que te interesa es visitar una exposición, estupendo. Y si prefieres salir a pasear por un entorno natural, también puede ser una buena opción, siempre que elijas una ruta adecuada a tu preparación y tomes las precauciones necesarias.

También te recomendaría que ajustes la dificultad a tu situación particular. Si sentarte solo a cenar en un restaurante concurrido te produce mucha incomodidad, no necesitas comenzar precisamente por ahí. Quizá prefieras visitar una cafetería tranquila, entrar en una librería o pasar una mañana explorando un museo a tu ritmo. No existe ninguna obligación de empezar por aquello que más nos cuesta.

Realmente no es tan difícil como crees

Otra propuesta que me parece especialmente útil es comparar nuestras expectativas con la experiencia real. Antes de salir, puedes preguntarte qué crees que va a ocurrir: si todo el mundo te mirará, si te aburrirás enseguida o si te sentirás incómodo durante toda la actividad. Cuando regreses, dedica un momento a comprobar cuánto de lo que habías imaginado ocurrió realmente.

No hace falta llevar un diario ni convertir cada salida en un experimento psicológico, aunque reconozco que la idea de observar nuestras propias predicciones y contrastarlas con la realidad me resulta bastante atractiva.

También quiero insistir en algo: hacer un plan en solitario no significa tener que permanecer solo durante toda la experiencia. Puedes inscribirte por tu cuenta en un taller de cocina, una excursión organizada o una actividad cultural y terminar conversando con personas a las que no conocías. De hecho, acudir sin acompañante puede facilitar que prestemos atención a otras personas y nos animemos a interactuar con ellas, aunque eso dependerá mucho de la situación y de nuestro carácter.

Hombre joven de cabello rizado de colores conversando alegremente con otros participantes mientras pinta un cuadro en un taller artístico.
Apuntarnos solos a una actividad no significa que tengamos que disfrutarla sin relacionarnos con nadie.

Y si después de probar una actividad descubres que prefieres realizarla acompañado, no pasa absolutamente nada. Habrás aprendido algo sobre tus preferencias, que también forma parte de conocernos mejor.

Por supuesto, si la ansiedad que experimentas es intensa, persistente o está limitando de manera importante tu vida cotidiana, no reduciría el problema a una simple cuestión de atreverse. En esos casos puede resultar conveniente buscar ayuda psicológica profesional, especialmente si existe un miedo significativo a la evaluación social o experiencias previas que dificultan determinadas situaciones.

La verdadera libertad consiste en poder elegir

Hay algo que no quisiera que se interpretara mal: mi intención con ensolitario no es convencerte de que hacer las cosas sin compañía es mejor que compartirlas. A mí me parece mucho más valioso que podamos decidir libremente qué experiencias queremos compartir y cuáles preferimos disfrutar a nuestro ritmo, sin que las expectativas sociales, la vergüenza o el temor a lo que piensen los demás sean siempre quienes tomen la decisión.

Quizá te encante viajar acompañado, pero descubras que visitar museos por tu cuenta te permite detenerte durante media hora frente a un cuadro sin preocuparte por si alguien se está aburriendo. Tal vez prefieras ir a los conciertos con amigos, aunque disfrutes enormemente de una tarde de cine a solas. O puede que lo tuyo sea apuntarte a actividades en las que no conoces a nadie y terminar ampliando tu círculo social.

No veo ninguna contradicción en todo eso. Al contrario, creo que disponer de más alternativas enriquece nuestra manera de vivir. Por eso, la próxima vez que encuentres un plan que te apetezca y nadie pueda acompañarte, te propongo que te hagas una pregunta antes de descartarlo: ¿de verdad no quiero hacerlo o simplemente me incomoda la idea de hacerlo sin compañía?

Si la respuesta es lo segundo, quizá merezca la pena concederte la oportunidad de probar. No porque tengas que demostrar que eres una persona independiente, ni porque la experiencia vaya a resultar necesariamente extraordinaria, sino porque me parece una lástima que una película, una excursión, una buena comida o cualquier otra actividad que nos ilusione termine dependiendo siempre de la disponibilidad de los demás.

Recuerda que SIEMPRE tu tiempo es tuyo, y se gasta. No dejes de hacer lo que te apetece. JAMÁS.

Para profundizar: la psicología de hacer planes en solitario

Si te interesa profundizar en los fenómenos psicológicos de los que he hablado, estas son algunas investigaciones que me han servido de referencia, y que me parecen interesantes:

No hace falta conquistar el Everest para disfrutar de una buena aventura. Eso sí, antes de echarte al monte por tu cuenta, hay unas cuantas cosas que conviene tener claras.

¿Te apetece hacer una ruta por la montaña, pero no encuentras a nadie que quiera acompañarte? ¿O simplemente te gustaría probar a caminar a tu aire, sin negociar cada parada? Te entiendo perfectamente: salir por tu cuenta tiene mucho encanto.

Puedes detenerte veinte minutos a fotografiar una lagartija sin que nadie ponga cara de aburrimiento. Puedes sentarte a contemplar las vistas todo el tiempo que quieras. Y, por supuesto, nadie va a discutir contigo por haber elegido ese árbol, y no otro, como lugar perfecto para comerte el bocadillo.

Pero hay una diferencia entre salir a pasear por un parque y meterte en la montaña. Cuando vas por tu cuenta, las decisiones son tuyas. Las buenas y las malas. Por ello, sobre todo si es la primera vez que sales solo de senderismo, vamos a prepararlo todo bien para que lo más emocionante del día sea el paisaje, y no la llamada al 112.

Tu primera ruta, de un vistazo

Duración
1,5-3 horas
Distancia
4-6 Km
Dificultad
Fácil
Presupuesto
Gratis, si ya tienes equipo
Entorno
Aire libre
Experiencia previa
Básica

1. Elige bien la ruta: hoy no toca demostrar nada

El primer error sería elegir una ruta porque las fotografías son espectaculares. Una cascada escondida, un desfiladero vertiginoso o una cima rodeada de nubes pueden quedar fenomenal en Instagram. Pero no son necesariamente buenos lugares para empezar.

Para tu primera salida autónoma, busca un recorrido que cumpla estas condiciones:

Como primera referencia, si ya estás acostumbrado a caminar, una ruta de unos 4–6 kilómetros, poco desnivel y entre hora y media y tres horas de duración puede ser suficiente. No es una regla universal: el terreno y las condiciones importan mucho más que el número de kilómetros.

Y si no te terminas de atrever, te recomiendo que si puedes, recorras ese mismo sendero acompañado, antes de hacerlo por tu cuenta. Suena menos aventurero, sí. Pero la aventura consiste en disfrutar de la montaña, no en descubrir por sorpresa que el camino termina en un barranco.

¿Circular o de ida y vuelta?

Las rutas circulares tienen su gracia: siempre estás viendo algo nuevo. Sin embargo, para una primera salida puede resultar más cómodo un recorrido de ida y vuelta. Ya sabes por dónde tendrás que regresar y puedes acortar el paseo cuando quieras.

No te obsesiones con completar una ruta entera. El mirador seguirá ahí la semana que viene.

2. Antes de salir de casa, haz un poco de trabajo detectivesco

No necesitas estudiar cartografía durante seis meses, pero sí saber exactamente dónde vas. Busca la ficha oficial del sendero y comprueba la distancia, el desnivel, la duración estimada, la dificultad y los posibles problemas del terreno.

También conviene averiguar dónde se aparca, si hay restricciones de acceso y si existen fuentes de agua. Esto último es especialmente importante: que un mapa muestre una fuente no significa que vaya a tener agua.

Las aplicaciones de senderismo pueden ayudarte a consultar recorridos, pero cuidado con dar por buena cualquier ruta subida por un desconocido. Puede estar desactualizada, atravesar una propiedad privada o incluir tramos que no sean adecuados para ti. Descarga el mapa antes de salir y aprende a utilizarlo sin conexión. Si vas a depender de una aplicación de navegación, familiarízate con ella en un lugar sencillo y lleva un medio alternativo de orientación.

Mi recomendación: identifica de antemano un par de lugares reconocibles del recorrido. Un cruce, un puente, un refugio o un mirador. Te ayudarán a comprobar que vas por donde crees. Y prepara un plan B por si el sendero está cerrado, aparece algún obstáculo o el tiempo empeora.

3. Consulta el tiempo. Varias veces

La previsión dice que hará sol. Estupendo. Eso no significa que puedas salir en camiseta y confiar en que el universo mantenga sus compromisos meteorológicos. En la montaña pueden aparecer viento fuerte, niebla, lluvia o cambios importantes de temperatura. Y una tormenta transforma rápidamente una excursión agradable en una situación complicada.

Antes de salir:

Puedes utilizar las predicciones de montaña de AEMET, cuando cubran la zona elegida. Y si el parte meteorológico no pinta bien, cambia de planes. Un día de lluvia también puede ser perfecto para descubrir una exposición, preparar una receta o estrenar un juego de mesa. La montaña no se va a ofender.

4. La mochila: ni una mudanza ni una bolsa del supermercado

Para una excursión corta no hace falta una mochila gigantesca. Pero salir únicamente con el móvil y las llaves tampoco es buena idea.

prepara bien tu mochila antes de irte de sendero
prepara bien tu mochila antes de irte de sendero

Lo básico sería llevar:

No se trata de cargar con media tienda de deportes. Se trata de llevar lo necesario para resolver pequeños problemas y poder esperar ayuda si ocurre algo más serio. Y no estrenes unas botas completamente nuevas en una excursión de tres horas. Las ampollas tienen un talento extraordinario para estropear paisajes preciosos.

¿Lo tienes todo listo para echarte al monte?

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5. Alguien debe saber dónde estás

Este punto no es negociable. Antes de salir, avisa a una persona de confianza. Pero no basta con escribirle «me voy al monte, luego hablamos».

Envíale:

Acuerda de antemano qué debe hacer si no sabe nada de ti. Cuando termines, manda otro mensaje confirmando que has regresado. Son diez segundos y te ahorrarán preocupaciones innecesarias. También puedes compartir tu ubicación, pero no dependas exclusivamente de ello. En muchos parajes la cobertura es irregular o inexistente.

6. Empieza temprano y guarda tiempo para volver

Para una primera excursión, es buena idea salir por la mañana. Tendrás más horas de luz, menos presión por cumplir horarios y margen para afrontar pequeños imprevistos. En épocas calurosas, además, conviene evitar las horas de mayor temperatura. No calcules el horario únicamente con lo que tarda otra persona en recorrer la ruta. Añade descansos, paradas para orientarte y tiempo para disfrutar.

Mi recomendación: planifica el regreso dejando al menos dos horas de margen antes del anochecer.

Y establece una hora límite para dar la vuelta, aunque todavía no hayas llegado al destino. Esa hora es más importante que conseguir una fotografía desde el mirador.

7. La habilidad más útil: saber cuándo darse la vuelta

Imagina esta situación: llevas caminando algo más de una hora y el sendero empieza a complicarse. Hay piedras sueltas, las señales escasean y tu aplicación asegura que el mirador está a quince minutos… desde hace 30. Por una parte, ya que has llegado hasta ahí, da rabia regresar. Por otra, no estás nada seguro de por dónde sigue el camino.

La decisión yo la tendría bastante clara: toca volver por donde sabes regresar con seguridad, ya que de seguir adelante, puede que dentro de diez minutos el sendero vuelva a ser estupendo. O puede que no.

Hay que saber cuándo darse la vuelta.
Hay que saber cuándo darse la vuelta.

Lo mismo ocurre si empieza a aparecer niebla, te notas demasiado cansado, las condiciones meteorológicas cambian o descubres que el terreno exige habilidades que no tienes.

Darse la vuelta no significa fracasar. Significa tomar una buena decisión.

Y, seamos prácticos: siempre puedes volver otro día, con mejor pronóstico del tiempo, y con la ruta mejor estudiada.

8. ¿Qué hago si me pierdo o tengo un problema?

Aquí dejamos las bromas a un lado. Si crees que has perdido el camino, detente. Seguir andando sin saber hacia dónde vas suele empeorar la situación. Consulta tu ubicación y el mapa. Si identificas claramente el camino de regreso y puedes recorrerlo con seguridad, vuelve por él.

Si estás desorientado/a, el terreno es peligroso o no puedes determinar una salida segura, solicita ayuda y evita moverte innecesariamente. Si sufres una lesión que te impide caminar con seguridad, tampoco fuerces el regreso.

En España, el número de emergencias es el 112. Cuando contactes, explica qué ha sucedido, dónde estás y cuál es tu estado. Si dispones de coordenadas, comunícalas. Sigue las instrucciones del servicio de emergencias. El teléfono puede utilizar alguna red disponible para realizar una llamada de emergencia aunque tu operador no tenga cobertura propia, pero eso no significa que siempre vaya a ser posible llamar desde cualquier lugar.

Por eso son tan importantes el aviso previo, la planificación y el equipo de seguridad.

9. Ahora sí: disfruta del paseo

Después de tanta precaución, cualquiera diría que estamos preparando una expedición polar. Pero una ruta sencilla por un entorno natural conocido puede ser una experiencia estupenda.

Camina a tu ritmo. Detente cuando encuentres algo curioso. Si ves un pájaro que no reconoces, intenta identificarlo después. Si te gusta hacer fotografías, aprovecha para practicar. Si encuentras un rincón agradable para descansar, siéntate un rato. No hace falta aprovechar cada minuto de una manera productiva. Eso sí, mantén la atención en el camino y en lo que ocurre alrededor. No es buena idea aislarte completamente con auriculares.

ir de senderismo es disfrutar de cada paso
ir de senderismo es disfrutar de cada paso

Respeta también las normas del espacio natural: sigue los senderos permitidos, no dejes basura y evita molestar a los animales. Y, por supuesto, disfruta de la satisfacción de haber organizado tú mismo/a el plan.

10. Cuando regreses, haz balance

Has terminado la excursión, has vuelto sin contratiempos y te estás tomando algo fresco (o calentito). Buen momento para pensar qué tal ha ido. ¿Elegiste bien la distancia? ¿Llevabas agua suficiente? ¿Te sobraba media mochila? ¿Hubo algún cruce confuso? ¿Te apetecería repetir la experiencia?

Apunta mentalmente —o en el móvil— lo que cambiarías. Para la próxima excursión quizá quieras conocer otro sendero, llevar unos prismáticos o aprender algo más sobre orientación. Pero no tengas prisa por aumentar la dificultad. Hay rutas fáciles que puedes disfrutar una y otra vez, especialmente si cambian las estaciones.

Y ahí está lo interesante de descubrir nuevas aficiones: a veces empiezas con una excursión de dos horas y terminas encontrando un montón de planes que ni se te habían ocurrido. No está nada mal para un día en el que solo pensabas salir a dar una vuelta, con la mejor compañía: tú mismo/a.

Enlaces que conviene guardar antes de salir

Antes de calzarte las botas, guarda estas páginas. Te ayudarán a preparar la ruta, interpretar su dificultad y evitar sorpresas.